sábado, 28 de abril de 2018

Marchando

Busco Hacer Pie en un Mundo Al Revés

Marchamos: el derecho a la salud, en condiciones de discapacidad.


Usuarios y trabajadores juntos. Todo ajuste es político
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Fotografía
Patricia Bruno

miércoles, 18 de abril de 2018

Intensamente vs. Coco: dos sujetos posibles (Por Pablo Castro

La paternidad te lleva por caminos inesperados. No hay certezas. Lo no planificado y el azar gobiernan tu vida. De repente, en vez de estar frente a una película de Lars Von Trier o de Tarkovsky, te pasás horas riendo ante las ocurrencias de un personaje de Pixar. Algo de eso me pasó con dos films que quisiera comentar: Intensamente y Coco. Más allá de las características técnicas y los argumentos, tomaré ciertos elementos de las historias para interrogar qué tipo de sujeto cada film nos presenta, y qué consecuencias eso trae a nuestras vidas cotidianas.
Hablo de películas que reflejan una posición subjetiva. No las producen, es cierto. Pero sí son parte de dispositivos más amplios que encarnan dichas concepciones.
A partir de Foucault sabemos que cada dispositivo social produce un tipo de subjetividad.  Y el arte, mediante sus recursos, lo refleja, lo cuestiona o hasta lo sostiene.
Por ejemplo, podemos decir que los modelos económicos no sólo implican cierta relación entre mercado y estado, sino que crean las condiciones para la emergencia de determinado tipo de sujeto. Contrastaremos al fordismo y al neoliberalismo para ejemplificar tal idea.
Simplificando demasiado, podríamos decir que el fordismo produjo una subjetividad ligada a la idea de progreso y evolución: vos trabajabas, mandabas a tus hijos a la escuela y tenías asegurado el progreso social. Un estado fuerte te ayudaba en tal dirección. El modelo laboral era el de la cadena de montaje: una y otra vez hacías lo mismo. En tal sentido, autoricémonos a considerar a la obsesión y sus síntomas (por ejemplo la procastinación y los rituales repetitivos) como una patología que se adaptaba muy bien a ese tipo de sujeto del fordismo. La película Tiempos modernos con Charles Chaplin refleja y cuestiona tal subjetividad.
El neoliberalismo, en cambio, construyó a un sujeto con la ilusión de libertad absoluta. El sujeto neoliberal se considera autoconsciente, que todo lo puede si se lo propone. No necesita de ningún tipo de regulación, ni del estado ni de nadie; con la “autovaloración de sí” es suficiente. Se trata de un sujeto consumidor: a cambio de unos billetes obtiene la felicidad a modo de los gadgets lacanianos. Es pragmático, no posee ni historia ni ideología, como alguna vez lo sentenciara Francis Fukiyama. Si hablamos de un sujeto consumidor y ausencia de historia, no resulta ilógico pensar a las adicciones y a las patologías del acto (donde el sujeto actúa sin palabra, sin reflexión: por ejemplo anorexias, bulimias, enfermedades psicosomáticas, etc.) como el lado patológico que bien se amolda a la subjetividad neoliberal. Una película como Belleza americana bien refleja, y también problematiza, tal posicionamiento subjetivo.
Como vemos, el cine no permanece afuera de estos debates. Está bien, son películas para adultos. Pero en el cine infantil algo de esto también se juega.
La historia de Intensamente transcurre en la cabeza de una nena llamada Riley. Los personajes centrales de la historia son diferentes emociones antropomórficas. Tenemos a Alegría, Tristeza, Furio, Desagrado y Temor. Según la película, en cada uno de nosotros viven estas cinco emociones básicas que gobernarían nuestra vida. De hecho, en el film, Riley protagoniza diferentes situaciones, conflictos y desventuras. Pero en todo ello lo único que influye en las actitudes de nuestra pequeña Riley son las reacciones de estas cinco emociones. En la vida de Riley y en las diferentes posiciones que adopta a lo largo del film, nada influyen (o si quieren es mínimo y para nada determinante) cuestiones como su historia vincular, o su contexto socio histórico, o la fantasmática parental, o la mirada de los otros.  No, todo pasa por estos mecanismos neurobiológicos que dejan a Riley presa de estas emociones que le dirigen la vida. Emociones primitivas que nada tienen que ver con la historia de ese sujeto, sino que están ahí desde que se nace. Tan así que en ningún momento de la película hay atisbos de libertad. Es decir que el sujeto que nos presenta Intensamente se corresponde con el de la neurociencias y la psicología cognitiva: no hay historias, no hay ideologías, no hay mandatos, no hay deseo, no hay otro que nos de un lugar en su vida. Sólo hay un sujeto neurobiológico y sus emociones con las que procesa la información que le llega desde el ambiente para resolver problemas de un modo adaptativo. Así, el sujeto de Intensamente (y el de las neurociencias) no tiene posibilidad, no puede rebelarse, no puede elegir. Es un sujeto al cual ni siquiera podemos responsabilizar por sus actos, ya que en definitiva todo depende de emociones básicas que nada tienen que ver con la historia de ese sujeto, sino que están allí por su biología.
Coco, en cambio, cuenta la historia de Miguel, un niño cuyo sueño es ser músico. Sin embargo, sus anhelos chocan con los mandatos familiares: pese a que todos en México aman la música, en la familia de Miguel eso está prohibido. Para desafiar tal prohibición, Miguel tendrá que ingresar al mundo de los muertos y así develar los secretos familiares que están detrás de tal prohibición.
En la conducta de Miguel influyen múltiples factores: pautas socio culturales e históricas que lo llevan a querer ser músico y posicionarse de una determinada forma frente a los otros, en la exogamia; silencios sobre secretos familiares ocultos desde mucho tiempo atrás; mandatos y prohibiciones familiares; fantasmas inconscientes; y deseo. Pero todo esto que influye sobre Miguel, no impide a nuestro héroe a ir por sus sueños, desafiar dichos mandatos y someterse a sus propios deseos. Creo que ahí está la gran diferencia con Intensamente. El sujeto que nos devuelve Coco, es un sujeto responsable por sus actos y por sus deseos. No está pasivo frente a todo lo que influye sobre él, sino que enfrenta a los mandatos, y a su propia angustia, sostenido por una política del deseo. Y para ello tiene que acceder a una verdad que hasta el momento permanecía oculta. Es decir que pese a estar determinado por múltiples factores, la subjetividad de esta película es la de un sujeto sometido a su inconsciente, a su trama histórico vincular, a su cultura. Pero dicha sumisión no es total, ya que gracias a su rebeldía con la que levanta un secreto familiar, puede anudar su vida a sus propios deseos.
Dos películas que, en definitiva, más allá de las risas que nos puedan ocasionar, nos dejan frente a dos sujetos posibles: el de Intensamente, emocional y neurobiológico, pasivo frente a los mecanismos que influyen sobre él; un sujeto sin historia, ni familiar ni social; sin deseo; que nunca es libre; y que vive en la sumisión y adaptación a la realidad que lo rodea. El sujeto de Coco, en cambio, está determinado por una trama de historia familiar y cultural, no obstante puede cambiar su vida al adoptar un lugar activo en pos de sus deseos; es decir que tiene un inconsciente producido por fantasmáticas individuales, por su historia familiar e incluso social; es un sujeto que desea; no se adapta la realidad que le toca vivir sino que cuenta con una rebeldía con la que gana cierto grado de libertad mediante el levantamiento de secretos familiares. Las dos películas, en tal sentido, forman parte de dispositivos más amplios que pujan hacia diferentes opciones: el dispositivo neurobiológico que busca la adaptación y sumisión de las personas mediantes diversas técnicas como los psicofármacos; y un dispositivo que incluye al inconsciente y a la cultura en pos de la asunción de un deseo en un sujeto sólo posible gracias a su rebeldía ante la realidad que le toca vivir.

viernes, 6 de abril de 2018

Población trans género en ámbitos endogámicos (Aproximación a un posible abordaje de los ecxesos) Por Guillermo Durante


Introducción

     “La paradoja de un ser que está ausente y a la vez prisionero del discurso, sobre quien se discute constantemente pero permanece, de por sí, inexpresable; un ser espectacularmente exhibido, pero a la vez no representado o irrepresentable, invisible, pero constituido como objeto y garantía de la visión; un ser cuya existencia y especificidad al mismo tiempo se afirman y se niegan, se ponen en duda y se controlan.” Teresa de Lauretis[1]

“La transexualidad, el travestismo y todas aquellas modificaciones que se alejan de la normativa cultural, provocan un choque en el orden social y familiar, y todavía es vista como un enigma. Pero a su vez, es un hueco de saber constituido, un motor para quitar un modelo segregativo” (Herve Hubert, 2015).

La ley social refleja la lógica del género y construye los valores e ideas a partir de esa oposición binaria que tipifica arbitrariamente, excluyendo o incluyendo en su lógica simbólica, ciertas conductas y sentimientos. Mediante el género se ha “naturalizado” la heterosexualidad, excluyendo a la homosexualidad de una valoración simbólica en equivalencia aceptable. Aunque en nuestra cultura se acepta la homosexualidad, el deseo homosexual queda fuera de la lógica del género y tiene los estatutos simbólico, moral y jurídico diferentes al de la heterosexualidad: está fuera de la ley.
De ahí que exista un buen número de personas cuyas vidas están en conflicto abierto con la sociedad. La comprensión del fenómeno de la estructuración psíquica ha dado lugar a una aceptación de la homosexualidad como una identidad sexual tan contingente y condicionada como la heterosexualidad (Godelier, 1990 y Torres, 1992). En consecuencia, existe el paulatino reconocimiento por parte de asociaciones psiquiátricas y psicoanalíticas de que la homosexualidad no es una patología ni una enfermedad mental. La comprensión teórica sobre la calidad indiferenciada de la libido sexual y el proceso inconsciente que estructura al sujeto hacia la heterosexualidad o la homosexualidad no tiene todavía correspondencia en la lógica simbólica de nuestra cultura, tan marcada por el género. Por eso, aunque cada sexo contiene la posibilidad de una estructuración psíquica homosexual o heterosexual, que a su vez genera cuatro posicionamientos de sujeto: mujer homosexual, mujer heterosexual, hombre homosexual y hombre heterosexual, sin embargo sólo están simbolizados dos: mujer y hombre heterosexuales. La supuesta tolerancia hacia las personas homosexuales sólo es lo que Bordieu denomina una “estrategia de condescendencia, que lleva a la violencia simbólica a un grado más alto de negación y disimulación”.
Acceder a la comprensión del concepto de género, implica en principio, el reconocimiento del ejercicio de poder del hombre sobre las mujeres, históricamente desarrollado a partir de la división del trabajo y la aparición del patriarcado[2].
Bourdieu[3] señala que la eficacia masculina radica en que legitima una relación de dominación al inscribirla en lo biológico, que en sí mismo es una construcción social biologizada.
La cultura marca a los seres humanos con el género[4] y éste marca la percepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano. La lógica del género es una lógica de poder, de dominación y es, según Bourdieu, la forma paradigmática de violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad o consentimiento (Bourdieu, 1988)[5].
Hacer historia en cuanto a las relaciones de poder ejercidas por el hombre sobre la mujer, constituye basamentos para poder diferenciar género de sexualidad. Las teorías feministas son las que inician la disputa por el género como una construcción social a partir del sometimiento de éstas por parte del patriarcado. Desde allí se requiere un recorrido necesario para poder comprender, desde la psicología, el psicoanálisis y la antropología, el cómo y el porqué del surgimiento de movimientos transgénero[6].
La construcción macro social de la sexualidad, en un medio dominado por el patriarcado, por sobre las demás condiciones sexuales, se estaría reproduciendo en un ámbito micro social, como podría ser “la cárcel”; es allí en donde deberíamos comenzar a re-pensar, desde que posicionamiento, cultural e institucional, se aborda a personas transgénero.
A continuación, se propone un camino para acceder a ese nuevo paradigma:

1)    De la constitución psíquica a la construcción de género.

La estructuración psíquica que determina la identidad sexual se lleva a cabo a partir de la dialéctica edípica[7] y el resultado de ese proceso puede ser la heterosexualidad o la homosexualidad. Hasta donde las investigaciones y la clínica psicoanalítica permiten comprender, los niños y las niñas incorporan su identidad de género (por la forma en que son nombrados y por la ubicación que familiarmente se les ha dado) antes de reconocer la diferencia sexual. Esto ocurre antes de los dos años, con total desconocimiento de la correspondencia entre sexo y género. Después de los tres años suele darse la confrontación con la diferencia de sexos. La primera vez que las criaturas miran el cuerpo de otro u otra y lo comparan con el propio, la niña interpreta la presencia del pene masculino como que a ella le falta algo; por su parte, el niño, que también interpreta que a la niña le falta algo, tiene miedo de perder lo que él sí tiene. Esta simplificación nos introduce a la problemática de la castración. Scott dice “... si la identidad genérica se basa sólo y universalmente en el miedo a la castración, se niega lo esencial de la investigación histórica…”
La identidad genérica de las personas varía, de cultura en cultura, en cada momento histórico. Cambia la manera cómo se simboliza e interpreta la diferencia sexual, pero permanece la diferencia sexual como referencia universal que da pie tanto a la simbolización del género como a la estructuración psíquica. La identidad genérica se construye mediante procesos simbólicos que en una cultura dan forma al género.
La identidad genérica se manifestaría en el rechazo del niño a que le pongan un vestido o que las criaturas sean ubicadas en sillas celestes o rosas en un jardín de infantes. Esta identidad es históricamente construida de acuerdo con lo que la cultura considera “femenino” o “masculino”.
En cambio la identidad sexual (la estructuración psíquica de la persona como heterosexual u homosexual) no cambia: históricamente siempre ha habido personas homo y heterosexuales, pues dicha identidad es resultado del posicionamiento imaginario ante la castración simbólica y la resolución personal del drama edípico.
La identidad sexual se conforma mediante la reacción individual ante la diferencia sexual, mientras que la identidad genérica está condicionada tanto históricamente como por la ubicación que la familia y el entorno le dan a una persona a partir de la simbolización cultural de la diferencia sexual: el género.
Freud establece una relación explícita entre el desarrollo individual del sujeto y el desarrollo de la cultura. Por una parte, vincula el desarrollo individual y el cultural en función de una comparación, concibiéndolos como procesos similares pero independientes; por otra parte, tenemos la impresión de que su concepción respecto de la relación entre ambos procesos va más allá de la analogía, en la medida que establece una vinculación tan estrecha como la que está dada por el hecho de que podría tratarse en realidad de un proceso único que se aplica tanto al desarrollo individual como al desarrollo de la cultura. Entonces, se puede desprender de la integración que hace Freud de los contenidos de la psicología individual y la psicología social[8], tradicionalmente disociados, que el desarrollo individual se encuentra ligado estrechamente a procesos socio históricos, en los que se inserta, de modo que muchas veces resulta difícil distinguirlos.
En efecto, el aparato psíquico planteado por Freud no es un aparato biológico individual, sino que la biología sirve como base material para un aparato psíquico que es, ante todo, histórico, en la medida que le permite al sujeto actuar de manera adecuada en el mundo cultural que lo rodea y conforma. A partir de la concepción Freudiana del aparato psíquico, podemos ver “entonces que este aparato que Freud está construyendo corresponde a una forma mediadora entre el sujeto y la estructura del sistema histórico-social”[9]

2)    ¿Quiénes son las personas trans?

"La valoración del cuerpo debe ser enlazada con el proceso de crecimiento y establecimiento de la hegemonía burguesa: no a causa, sin embargo, del valor mercantil adquirido por la fuerza de trabajo, sino en virtud de lo que la "cultura" de su propio cuerpo podía representar políticamente, económicamente e históricamente tanto para el presente como para el porvenir de la burguesía." Foucault, La voluntad de saber, p.152.[10]
Los estudios transculturales antropológicos permitieron plantear que los "temperamentos", atributos personales, actividades o sexualidad variaban notablemente de una cultura a otra respecto a hombres y mujeres. La idea de que la cultura moldea a las personas prescribiendo un ideal de mujer y otro de hombre aparecía plausible. Por otra parte, los estudios psiquiátricos con individuos biológicamente anómalos permitieron plantear que no se nacía con una identidad femenina o masculina preestablecida y que podían existir incongruencias entre el sexo fenotípico y el género de una persona.
En los ochenta se replantea el debate naturaleza-cultura al focalizar la atención en la relación sexo género. El conceptuar al género como construcción eminentemente cultural y psicosocial y al sexo como soporte biológico socialmente interpretado, llevó a investigar los procesos por los cuales se reproducía el género de una generación a otra. A fines de esta década, el concepto cuerpo empieza a constituirse como un eje de tensión alrededor de los conceptos <género> y <sexo>.
En realidad, el cuerpo aparece tardíamente en la reflexión sobre la construcción social y reproducción del género. Los cuerpos permiten diferenciar a hombres y mujeres -no como hechos naturales-, sino por su manejo cultural. Vestimos, maquillamos, manejamos de algún modo pautado los cuerpos, los movemos y adoptamos posturas culturalmente establecidas (Mauss 1971)[11]. Algunos como Birdwhistel (Davis 1992) plantean incluso que nosotros adquirimos nuestro aspecto físico y nuestros rasgos faciales (¡no nacemos con ellos!) ya que somos excelentes imitadores y sensibles a las señas corporales de nuestros semejantes.[12]

3)    La construcción del cuerpo.

La construcción del cuerpo femenino difiere significativamente de la construcción del cuerpo masculino en la medida que hombres y mujeres son definidos con categorías opuestas. La fuerza física con la que se caracteriza a los hombres "se instala" en sus cuerpos desde pequeños. La socialización primaria de los varones les permite -de acuerdo al sistema de estereotipos vigente- desarrollar su fuerza, aprender a usar el cuerpo desplazándose por espacios amplios, cayéndose, golpeándose y aprendiendo a soportar el dolor físico.
La socialización de las mujeres construye cuerpos desprovistos de fuerza. Pero no sólo eso: el cuerpo femenino resulta central en la construcción de la femineidad, al utilizar el cuerpo para construir un conjunto de tabúes, de temores, de límites para impedirle a la mujer explorar su cuerpo y el mundo. En casi la mayoría de las sociedades, las niñas reciben instrucciones más estrictas que los varones respecto a dónde no deben mirar (Davis 1992:85\86).
El cuerpo tiene un papel activo en el proceso de adquisición de la identidad genérica. No sólo en su manejo como símbolo que es interpretado socialmente al vestir diferencialmente a niños y niñas pequeños, lo que permite a los adultos identificarlos y asignarles sin equívocos la naturaleza genérica correspondiente, para relacionarse con ellos de acuerdo a dichos estereotipos, exigiendo que se comporten según sus prescripciones. Luego, al sufrir el cuerpo cambios morfológicos y hormonales en la pubertad, y aparecer características sexuales secundarias diferenciadas según sexo, esto permitirá al púber reafirmar su identidad genérica (Money 1980). El sujeto es siempre un sujeto sexuado y, como tal, interviene confirmando o negando la identidad genérica personal y social. La certeza o convicción de poseer una identidad genérica femenina o masculina la brinda nuestro cuerpo no sólo al ser decorado de algún modo particular, sino también por las características de nuestros genitales y características sexuales secundarias.[13]
Las personas transgénero incluyen transexuales (los que sienten que nacieron con el sexo físico equivocado) ya sean pre operados/as, post operados/as y no operados/as; crosdresseros/as, (anteriormente llamados travestis o travestidos/as), los que usan la ropa del sexo opuesto con el fin de expresar mejor una identidad interior de crosgénero; personas intersexuales (anteriormente llamadas hermafroditas) y muchas otras identidades demasiado numerosas como para enumerarlas aquí.
“Es importante tener en cuenta que el término “transgénero” describe a muchos grupos de personas distintas pero relacionadas que usan una variedad de otros términos para auto identificarse. Por ejemplo, muchos/as transexuales se ven a sí mismos/as como un grupo separado y no quieren ser incluidos bajo el término “transgenero/a”.[14]
Muchos transexuales post operados/as ya no se consideran transexuales. Algunos/as transexuales no operados/as se identifican a sí mismos como transgeneristas.[15
Las personas no operados/as y/u operadas/os se constituyen psíquicamente a partir de las imágenes especulares vivenciadas desde sus procesos identificatorios. La construcción del cuerpo hace a la construcción de una identificación que, socialmente, se precipita al colectivo general, sea desde la aceptación como desde la discriminación.
La posibilidad de “agrupación”, que respondería a situaciones discriminatorias por parte del colectivo social no hace a síntomas patológicos, sino que respondería a una forma de “protección” hacia ese tipo de conductas discriminadoras.
Lo transexual, además de construirse desde lo social, se construye desde la mirada del otro, el otro es quien “constituye a ese cuerpo” que más allá de cuerpo, como cuerpo orgánico, se constituirá como cuerpo erógeno, lugar allí, en donde se pone en juego la subjetividad de cada individuo. Lo orgánico, lo erótico y lo erógeno, se constituyen para dar sustancialidad al cuerpo, un cuerpo simbolizado por los caracteres sexuales primarios y secundarios, que van a representar y dar consistencia a todos los sujetos que posibilitan una elección de género.
"La transgeneridad constituye un espacio por definición heterogéneo, en el cual conviven –en términos no sólo dispares, sino también enfrentados- un conjunto de narrativas de la carne, el cuerpo y la prótesis, el deseo y las prácticas sexuales, el viaje y el estar en casa, la identidad y la expresión de sí, la autenticidad y lo ficticio, el reconocimiento y la subversión, la diferencia sexual y el sentido, la autonomía de decisión y la biotecnología como instrumento que es, a la vez, cambio de batalla. Es, por lo tanto, un espacio atravesado por una multitud de sujetos en dispersión –travestis, lesbianas que no son mujeres, transexuales, dragqueens, dragkings, transgéneros… y toda*s aquel*s que, de un modo u otro, encarnamos formas de vida no reducibles ni al binario genérico ni a los imperativos de la hetero o la homonormatividad.”[16]
Homosexualidad, heterosexualidad, bisexualidad, transexualidad, identidades constituidas de manera especular, en donde las definiciones de elección son regidas por normas y mandatos culturales. Poder elegir quien uno desea ser es poder dar al deseo inconsciente de uno entidad lógica, para que este deseo sea compatible con la elección de otro que contribuya a la posibilidad de transitar de la cultura a la sociedad. Lo que Freud mencionaría de forma acorde a la EXOGAMIA.
Aquí, la cuestión de la endogamia es lo que se pone en juego, debido a que “la cárcel” es un ámbito endogámico por excelencia. Los encierros, el encierro, implican una encrucijada subjetiva de donde no poder escapar. Allí y justo allí la exclusión, la discriminación, la diferencia, la diferencia discriminatoria es en donde se pone en juego el respeto por otro con elecciones disimiles, pero absolutamente respetables.
Aquí el planteo de entender a “la cárcel” como objeto transicional…el poder utilizar un espacio de reflexión e introspección inconsciente, en el cual poder contribuir a la construcción de una subjetividad que permita, en medios que parecerían inaccesibles, a medios accesibles desde un pensamiento que posibilite la capacidad de dar cuenta de las oportunidades que los muros (interiores) podrían dar espacio a muros exteriores (fuera del inconsciente).
“La identidad contiene una contradicción en sí misma. Esta dinámica es el núcleo de los procesos identitarios. Una persona se define siempre en relación con los demás y en relación consigo mismo. Tiene necesidad de pertenecer a una totalidad, una familia, un grupo, una clase, un pueblo y ser reconocido como miembro particular de su comunidad de pertenencia. La identidad está afectada por la marginación, la crisis en los valores e ideales, los duelos masivos y los traumas. El sentimiento de identidad tiene dos aspectos: un aspecto personal, que es el sentimiento de ser protagonista de su historia, de afirmar su propia existencia; un aspecto social, que inscribe al individuo dentro de un grupo, una cultura, una nación, por el reconocimiento de su pertenencia de sus derechos, de sus tradiciones, de sus creencias y de su ciudadanía. Se trata de una noción subjetiva, pero que implica reciprocidad”. (Luis Hornstein)[17]
¿Qué es lo que se inscribe en los cuerpos, además de las marcas luego del paso por la cárcel? No sólo hablamos de las marcas infringidas por peleas, autolesiones, tatuajes entre otras cosas. También nos preguntamos acerca de las marcas que deja en la historicidad de ese cuerpo, deja a modo huella mnémica[18] que en tanto analistas, nos guía en el trabajo arqueológico de descifrar ese inconsciente, que aquí, se hace presente en esos cuerpos construidos para dar lugar a un deseo que, hasta el momento no estaba representado para el otro.

4)    Cárcel como ámbito endogámico

    Que las cárceles son espacios que dejan huella no es, para quienes trabajamos dentro de ellas, un descubrimiento relevante. Sí lo es para aquellos que intentamos saber qué es lo que esas marcas guían a quienes son sus portadores, luego del paso por la cárcel.
     Todo paso por espacios endogámicos, en donde el intercambio con el otro es sólo con el otro del adentro, es el intercambio que no nos identifica, sino que nos de- construye subjetivamente remitiendo de manera continua a lo traumático y por ende a una encerrona fatal de la cual es difícil escapar.
   La identidad da lugar a poder “representar” y “representar-se” con lo que implica la posibilidad de hacerse cargo del deseo de cada uno, ante uno mismo y ante los demás; da la posibilidad de cortar con núcleos traumáticos y posibilitar, exogamia de por medio, llevar una vida que, lejos de pretender como analistas cambios utópicos, intentar comienzos con otras posibilidades, al menos en el plano de lo consumista. Lo que entra al cuerpo para modificar aleatoriamente nuestro deseo, porque es un deseo insoportable de sostener, es esto que también hace marca en la vida diaria; la posibilidad de hacernos cargo de ese deseo hace al poder disminuir el consumo y de forma paulatina comenzar a re-andar la vida.
¿Cuál es, entonces, la función de la cárcel en medio de este mundo de inseguridad gobernado por el miedo? Garland y Wacquant afirman que se abandonó el principio de la rehabilitación que animaba a las cárceles en la lógica disciplinaria y que las personas que hoy pasan por la cárcel son arrojadas a través del estigma fuera de la sociedad. Para Foucault el ideal de rehabilitación nunca fue un aporte de la teoría penal a la disciplina sino el hecho simbólico que enmascaraba la funcionalidad económica y política de la cárcel para manejar ciertos sectores (droga, prostitución) que las instituciones oficiales no podían tomar a su cargo. Debemos, entonces, sostener que la caída de este ideal de rehabilitación es un síntoma de cambios que hay que detallar en otro plano. En las sociedades de control la función de la cárcel es transformarse en un “depósito” de seres que “sobran” en el conjunto social. La cárcel tiene “como único objetivo la custodia y retención de sujetos hasta su completa degradación. Digamos que ya no se busca modelar esquemas humanos para hacerlos útiles, sino que se intenta cansar energías, hacerlas inocuas”[19]
     Los procesos de desubjetivación promueven sentimientos de impotencia, de que nada se puede transformar desde las concretas realidades de sus vidas, saturadas por la inmediatez de lo que se relaciona con las satisfacciones más elementales del ser humano, con aquello del orden de la necesidad y de la propia existencia.
Al espacio familiar le suceden, a la vez que se alternan mutuamente a medida que los niños crecen, los espacios del “afuera” familiar, pero próximos: la vereda, la placita, la canchita de fútbol. Se trata de espacios - ¿transicionales?- que habilitan las primeras exploraciones por fuera de lo familiar, espacios que transcurren entre éste –en el ámbito de lo privado– y la Escuela –en el ámbito de lo público–, que se caracteriza por ser un espacio altamente normativizado. Nos interrogamos acerca de la posible transicionalidad de esos espacios, dado que en éstos los niños son habilitados por las instancias parentales a compartir juegos con sus pares, cuya reiterada puesta en práctica ayuda a construir lazos de complicidad, de confianza. Estos nuevos modos de relacionarse poseen como condición que la mirada de los progenitores se encuentre lo suficientemente ausente, como para otorgar cierta independencia, a la vez que lo suficientemente presente, como para que los niños no se sientan desamparados en sus primeros pasos por el “afuera” del espacio familiar. Espacios que operan una mediación concreta entre el espacio familiar y el escolar, deviniendo éste en el espacio social por excelencia para la prosecución de la constitución subjetiva, con vistas a la apropiación de los “objetos de la cultura”.[20]¿Por qué no poder utilizar a “la cárcel” como objeto transicional? Más allá que no estamos hablando de niños/as, sino de personas que se encuentran en un ámbito endogámico, cerrado, simbiotizado y con determinadas características de personalidad que los han inducido a la presunta comisión de delitos, ¿por qué no re-plantearnos si estos ámbitos endogámicos en los que estas personas se desarrollaron, no ejercieron determinada influencia para poder continuar (compulsión a la repetición)[21]en ámbitos como la cárcel?
Si habría algo que los medios endogámicos generan es patologización y trauma, en algunos casos leves y en otros más graves. Con esto no nos referimos a las cuestiones de “género” como situaciones que devienen patológicas, ya que en todo este  trabajo se viene destacando, de manera contundente, que “género” es una construcción.
        Aquí, quizás poder comenzar a plantear que, si bien “género” es una construcción social, también dentro de esta construcción habría cuestiones vinculadas a conductas desajustadas socialmente, que los incluye dentro del colectivo social, que no hace a la discriminación, pero que sí haría a poder re-plantear nuevos paradigmas de abordajes particulares, en lo que refiere a las adicciones. Habría que comenzar a pensar a estas, también como una construcción social que respondería a medios capitalistas y consumistas y que empujarían, de manera indefectible, a todo tipo de consumo.
Las adicciones no sólo se representan en el consumo de alguna sustancia, sino en el consumo compulsivo en general, en ese no poder parar de consumir, proceso íntimamente vinculado a la “oralidad”[22], que insiste de forma compulsiva en la voracidad relacionada a la introducción en el organismo de “alguna sustancia” ajena al mismo.
Al plantear “la cárcel” como “espacio de tratamiento”, podemos considerar que dicho espacio podría ser despojado de su naturaleza  “endogámica” para que ese ámbito pudiese pasar a funcionar como espacio transicional entre un adentro y un afuera. No sólo haciendo referencia al afuera como libertad y al adentro como a la pérdida de la misma, sino como un espacio que posibilite acercamientos a algún tipo de subjetivación que dé lugar al re-pensarse como sujeto, como sujeto psíquico.
         Los cuerpos, cuerpos construidos socialmente, son aquellos que soportan el encierro, y también son los que constituyen el encierro de un psiquismo que debe ser interrogado acerca del por qué se repite de manera sistemática dicho encierro.
Si no hay posibilidad de interrogación acerca del por qué un sujeto queda instalado en un lugar de malestar, se escapa la posibilidad de acceder a esa dolencia o padecimiento, que si bien funciona como semblante de la endeble subjetividad, también lo hace como mecanismo de repetición que conduce siempre al mismo lugar.
           
Como menciona Freud en El malestar en la cultura: “el hombre no busca la felicidad, trata de evitar el sufrimiento”.[23]El consumo, todo tipo de consumo, tiende a lo que Freud sugiere y por ende intenta solucionar el malestar, incrementándolo. La corporalidad, el cuerpo carne, el cuerpo órgano, fuera de la erogeneidad, habla de un cuerpo vacío. Los excesos de cuerpo, los excesos de carne, los excesos de órgano cuerpo, también denotan ausencia de erogeneidad. Lo erógeno[24] sucumbe ante lo erótico[25] cuando los cuerpos-carne necesitan de los “excesos” (entiéndase excesos como todo tipo de necesidades que deban ser incorporadas en el cuerpo, llámese prótesis inclusive) para representarse y para subsistir. Aquí la despatologización de lo “trans”. Desde aquí se podría abordar una mirada que comprenda esas necesidades excesivas, en ocasiones, de las personas “trans” en la mostración escópica ante la mirada del otro. Plus de goce, dirán algunos; más allá del principio de placer, dirán otros; excesos de posmodernidad, pueden mencionar otros. Los cuerpos funcionan de borde, son la frontera entre nuestro interior y el mundo que nos rodea. Los cuerpos son quienes nos representan y nos separan de los demás. Cuando nos encontramos con cuerpos excesivos, podríamos estar ante la ausencia de interioridad y por ende ante la imposibilidad de cuestionarnos acerca de qué es lo que queremos. Aquí el punto de partida para comenzar a cuestionarnos del por qué es necesario un abordaje diferente a las personas “trans”. Los excesos están presentes en la heterosexualidad como en la homosexualidad, aunque son excesos diferentes, y ahí está la clave que podría hacer lugar a comenzar a mostrar las diferencias. No a discriminar, justa y necesariamente a diferenciar.


[1]De Lauretis, T. (2000). Diferencias: etapas de un camino a través del feminismo.
[2] La familia es considerada por las teorías feministas como el espacio privilegiado de reproducción del patriarcado, en tanto se constituye la unidad de control económico, sexual y reproductivo del varón sobre la mujer y sus hijos. En la historia siempre ha existido algún nivel de asociación sexual y afectiva entre los seres humanos, pero esta no siempre fue la familia patriarcal, al mando de un varón que controlaba tanto la sexualidad, como la capacidad reproductiva, biológica y social de la mujer. La historia del pensamiento occidental hace de la familia una institución natural o, si la considera una construcción cultural, le asigna una serie de características, que la hacen única, dentro de un universo de asociaciones humanas posibles. Así, desde el punto de vista político, se ha justificado que las mujeres, no necesitan de representación social ni política fuera del ámbito privado, puesto que el jefe de la familia patriarcal encarna todos los intereses de sus integrantes. Así, los derechos ciudadanos se concibieron y consagraron haciendo una clara distinción entre los hombres, sujetos de ciudadanía por pertenecer al ámbito público, y las mujeres, si esta calidad, puesto que su ubicación y función se controlaba dentro de una institución con otras reglas del juego, la familia. Facio, A., &Fries, L. (1999). Feminismo, género y patriarcado. Género y derecho, 27.
[3]Bourdieu, P., &Passeron, J. C. (2001).Fundamentos de una teoría de la violencia simbólica. La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza, 13-85.
[4] El concepto, teorías y perspectivas de género, así como el moderno entendimiento de los que conforma el patriarcado o el sistema de dominación patriarcal son producto de las teorías feministas, es decir, de un conjunto de saberes, valores y practicas explicativas, de las causas, formas, mecanismos, justificaciones y expresiones de la subordinación de las mujeres que buscan transformarla. El género y el concepto de patriarcado se enriquecen dinámicamente, en el marco del desarrollo de opciones políticas de transformación de las relaciones entre los sexos en nuestras sociedades, que plantean los diversos feminismos. Así, el interés por la “problemática” de género es más que académico. Involucra un deseo de cambio y la emergencia de un orden social y cultural, en el cual el desarrollo de las potencialidades humanas, esté abierto tanto a las mujeres como a los hombres. Se trata, en definitiva, de un cambio de perspectiva, de una forma de vida y de ideología que la ha sustentado por miles de años. Una ideología “sexual” sería entonces, un sistema de creencias, que no sólo explica las relaciones y diferencias entre hombres y mujeres, sino que toma a uno de los sexos como parámetro de lo humano. Basándose en este parámetro, el sistema especifica derechos y responsabilidades, así como restricciones y recompensas, diferentes e inevitablemente desiguales en perjuicio del sexo que es entendido como diferente al modelo. Facio, A., &Fries, L. (1999). Feminismo, género y patriarcado. Género y derecho, 27.
[5]Prud’Homme, J. F. (1988). Identidad social y representación política en la obra de Pierre Bourdieu. Sociológica, 3(6), 73-83.
[6]Los sexismos, como hasta ahora, serán atizados y utilizados como combustible para neofascismos, la fobia a los extranjeros, a las personas de otras opciones políticas, de otras creencias y prácticas religiosas o mágicas, sexuales, estéticas. La fobia a los otros, a las otras, se reproduce por el sistema de descalificación entre personas diferentes. Esta creencia dogmática, refuerza la tesis de que sólo pueden identificarse positivamente, entre sí, las personas y grupos semejantes. Facio, A., &Fries, L. (1999). Feminismo, género y patriarcado. Género y derecho, 27.
[7]Dor, J. (1989). El padre y su función en psicoanálisis. Nueva Visión,.
[8]Freud;(1921); / Obras completas
[9]Rozitchner,L;(2003)p.33. Freud y los límites del individualismo burgués.
[10]Foucault, M., Varela, J., & Álvarez-Uría, F. (2005). La voluntad de saber. Siglo XXI veintiuno de España.
[11]Musas, M. (1971). Introducción a la etnografía. Ediciones Istmo.
[12]Lamas, M. (1994). Cuerpo: diferencia sexual y género. Debate feminista, 10, 3-31.
[13]Kogan, L. (2013). Género-cuerpo-sexo: apuntes para una sociología del cuerpo. Debates en sociología, (18), 35-57.
[14]Maffia, D., Berkins, L., Cabral, M., Fernández-Guadaño, J., Fisher Pfaeffle, A., Giberti, E., ... & Soley-Beltran, P. (2003). Sexualidades migrantes género y transgénero. Feminaria Editora.
[15]Giberti, E. (2003). Transgéneros: síntesis y aperturas. Sexualidades migrantes, 31.
[16]Cabral, M. (2011). La paradoja transgénero. Sexualidad, ciudadanía y derechos humanos en América Latina: un quinquenio de aportes regionales al debate y la reflexión, 97-104.
[17]Hornstein, L. (1994). Cuerpo, historia, interpretacion: Piera Aulagnier: de lo originario al proyecto identificatorio. Paidós.
[18]Freud, S., Strachey, J., & Freud, A. (2002). Más allá del principio del placer. RBA Coleccionables.
[19]Rodríguez, P. E. (2008). ¿ Qué son las sociedades de control?. Sociedad. Revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, 27, 177-192.
[20]Rosbaco, I. C. (2007). MARGINARIZACIÓN Y PROCESOS DE DESUBJETIVACIÓN. Publicación del CIFFyH, 5(4).
[21] Por otra parte, y desde una perspectiva más amplia, “recuerdo y repetición” en sus combinaciones y alternancias, definirían características distintivas en cada cultura. La repetición se traduce, también en lo social y cultural, como efecto de un trauma que, al no encontrar posibilidad de representación y elaboración, reaparece y se actualiza en una nueva vuelta hacia lo mismo, lo idéntico (de M’Uzan, 1978). En los individuos y en las naciones, una demoníaca repetición termina asesinando los tiempos. El tiempo parece detenido en algunos (muchos) países, y no sólo en los más pobres, en los menos tecnológicos .Marucco, N. C. (2007). Entre el recuerdo y el destino: la repetición. Psicoanálisis: Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, 29(1).
[22] El superyó se inicia en la fase oral en ambos sexos. El primer objeto introyectado: el pecho materno forma la base del superyó. La relación con la madre introyectada afecta de diversas formas a todo el curso del desarrollo del superyó. Algunos de los rasgos más importantes del superyó, ya sea amante y protector o destructivo y devorador, provienen de estos componentes tempranos maternos del superyó.
[23]Freud, S. (1970). El malestar en la cultura
[24] Cuántas personas duras y no - humanas he visto derretirse ante mis ojos y volver a ser humanas. Cuántas iras se desvanecieron, cuántas actitudes falsas se abandonaron, cuántos odios quedaron curados... He visto que la fuente de ira más corriente es la impotencia. La hostilidad no es más que celos. El afán destructivo es un signo de impotencia... En Norteamérica, lo veo, todo se basa en la supervivencia de los más duros. Los sensibles, los tiernos, caen y son pisoteados. Moldeo en masa, pérdida de la individualidad, confusión entre la individualidad y el respeto por el yo, una pérdida de identidad"Bleichmar, S. I. L. V. I. A. (1989). Psicoanálisis y Posmodernidad. Zona Erógena, 1.
[25]"El erotismo es un término que difícilmente tiene una definición. Entendemos lo que alguien nos quiere decir cuando lo menciona. En nuestra cultura, se entiende por erotismo aquella experiencia que cruza tanto las emociones como lo corporal; tanto el cuerpo como el alma y que tiene que ver con la sexualidad y sus placeres. Es un término que se acerca a lo innombrable, a lo indefinible. Tal vez tan indescriptible como nuestro término amor. Lo que nos parece erótico tiene que ver con la educación, la cultura, la ideología que hemos asumido calladamente y quedó mapeando nuestros cuerpos y nuestros deseos a partir de un sistema interiorizado llamado 'yo'. A partir de éste, juzgamos lo bueno y lo malo, lo erótico y lo no erótico. Meijueiro, H., & Carlos, J. (1994). La regulación social del erotismo. In Antología de la sexualidad humana (pp. 795-828). Consejo Nacional de Población.